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lunes

LOS INCIERTOS LÍMITES ENTRE HOMOSEXUALIDAD Y HETEROSEXUALIDAD - 2

UMBERTO GALIMBERTI
Hace bien la ciencia en seguir su método, porque de lo contrario estaría en juego su cientificidad y por tanto su eficacia, pero eso no quita que este método, que hasta  los científicos más prudentes consideran “reductivo”, no sea capaz de explicar la complejidad de la existencia humana y, sobre todo, la inmensa gama de sus manifestaciones afectivas. Sin embargo, la ciencia lo intenta, y entonces la afectividad se convierte en una pulsión, la pulsión en un producto hormonal, y ahora que la genética hace su prepotente aparición en el conocimiento médico, ¿por qué no buscar el gen del amor, del mismo modo que se intenta hallar el de la tristeza y el de la felicidad?

Mediante estas operaciones reductivas el vínculo afectivo entre personas del mismo sexo se convierte en pura y simple “sexualidad”, que, al no ser destinada a la reproducción, no puede ser más que sexualidad desviada, desorden biológico cuya naturaleza se descubrirá más pronto o más tarde. Esta lógica aberrante de la ciencia es aceptada por los heterosexuales que así se sienten “normales”, por los homosexuales que (si la homosexualidad es biológica) se sienten inocentes, y por los hombres de religión que no acaban de creerse que puedan replantar el árbol del conocimiento del Bien y del Mal sobre el sólido terreno de la ciencia.

¿Y qué pasa con la diferencia en la manifestación de los vínculos afectivos que la historia de la humanidad, desde el comienzo de sus días, ha contemplado siempre? ¿Y con la construcción de la identidad en contextos que no estén cargados de condenas y de prejuicios? ¿Y con las reglas de la democracia por las que todo el mundo tiene derecho a manifestar su propia identidad sexual en las relaciones del contexto social y no solo entre las cuatro paredes del dormitorio, sino en todos los planos de la existencia? Objeta la ciencia: no son problemas científicos, por consiguiente son problemas sin importancia.

Así razona la ciencia, y a continuación la religión, y de forma ambigua la opinión pública, que tiene muy en cuenta las palabras de la ciencia y no desdeña las de la religión. El resultado es que la formación de la identidad de un homosexual se torna extremadamente difícil, porque si para todo el mundo es ardua la formación de la identidad, piénsese en lo dificultosa que ha de ser para quien vive en un ambiente cargado de prejuicios y de representaciones sociales que, si se interiorizan, hacen que el homosexual, sobre todo si es adolescente, se sienta culpable, inadaptado, distinto, equivocado y, por tanto, inevitablemente provocador y reactivo.

Y todo esto porque los vínculos afectivos, que de forma natural se dirigen a uno u otro objeto, han sido reducidos por la ciencia a hechos sexuales y, por consiguiente, a errores genéticos, sin la más mínima prueba; en cualquier caso, si la hubiera, tampoco justificaría este reduccionismo de carácter materialista, que reduce la riqueza de los movimiento del alma a la “simplicidad” de las máquinas genéticas, suprimiendo de un plumazo la especificidad del hombre.

En esta especificidad insiste el psiquiatra Paolo Rigliano, para quien el problema de la homosexualidad hay que plantearlo no términos de sexualidad, sino de  afectividad, en todas las formas en que la especie humana sabe expresarla. Y junto con la afectividad, la democracia, no como simple aceptación y respeto del “distinto” sino como conciencia de que la diversidad es el rasgo constitutivo de cada uno de nosotros, porque, a diferencia de los animales, los hombres no son “género”, sino individuos”.

Este concepto, que el filósofo cristiano Soren Kierkegaard no cesaba de repetir, pertenece todavía a la cultura cristiana, que en las declaraciones de sus representantes religiosos y políticos consideran aun la homosexualidad como un “género” (el género del desorden moral, cuando no natural), y no a la historia personal de los individuos, a la cualidad de sus personales e irrepetibles relaciones afectivas, al derecho que tienen de poder expresarlas en el contexto social, donde tienen derecho a vivir y expresarse como todo el mundo.

He dicho “derecho”, pero también podría decir “deber”, porque, en el fondo, ¿qué piden los homosexuales sino deberes de convivencia, de responsabilidad familiar, de aceptación del otro, y también de ese otro que cada uno de nosotros es para sí mismo? Lo han experimentado en su propia piel y tal vez puedan enseñarnos algo, no tanto mediante una búsqueda espasmódica de visibilidad sino, como escriben Paolo Rigliano y Margherita Graglia, creando un lenguaje autónomo, auténticamente propio, que aparte a los homosexuales de esos retazos terminológicos, de esos lugares comunes mediáticos, de esas representaciones estereotipadas, que los confinan a los recintos delimitados de expresiones compartidas y utilizadas por todos, como son “orgullo gay” y “salir del armario”.