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ev

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iniciativas que educan

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elsa

MAXIMO POTENCIAL

quiero

mandela

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ABRAZOS

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putin

putin

HM

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POESÍA

POESÍA

DECLARACION

RECOMENDACIONES ONU

RECOMENDACIONES ONU

homofobia escolar

d

esc

CORTO

homofobia

* IMPRESCINDIBLE BENEDETTI *

* MARIO ALONSO PUIG: "LA FELICIDAD ES DESCUBRIR EN LA VIDA EL SENTIDO DE NUESTRA EXISTENCIA" *

MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

domingo

LA LLAMA INVENCIBLE - 4

PEDRO MENCHÉN

Carlos parecía haber olvidado el incidente y no volvió a hacer ningún comentario sobre el asunto. Ni volvió a pronunciar la maldita palabra. Sonreía y bromeaba como siempre, sin darse cuenta de que yo había cambiado. A veces, extrañado por mis prolongados silencios, me preguntaba qué me pasaba y yo le respondía con la cabeza gacha, sin mirarle: “Nada”, aunque seguía sin hablarle. Al final, cuando comprendió que estaba realmente enfadado, trató de reconciliarse conmigo, pero sin éxito. Al cuarto día, aburrido de mi actitud, optó por ignorarme igual que le ignoraba yo a él. Hablaba y bromeaba con los demás compañeros de la fábrica, excepto conmigo, y eso, a pesar de mi aparente indiferencia, me causaba un profundo dolor. Me sentía marginado y abandonado, aunque era yo quien se había automarginado y le había abandonado a él. Comencé a aislarme de todo el mundo y no hablaba con nadie. El trabajo en la fábrica me parecía cada vez más estúpido y alienante. Ya no era “una experiencia” ni una forma divertida de pasar el tiempo, sino una tortura y una exclavitud. Cada minuto que pasaba trabajando allí me parecía una hora y la jornada completa, una eternidad. ¿Cómo había sido capaz de malgastar casi dos años de mi vida en semejante lugar? ¿No pretendía, acaso, ser un artista, un escritor? ¿Pues qué estaba haciendo allí? ¡Perder el tiempo, eso es lo que hacía! ¡Los dos mejores años de mi adolescencia desperdiciados! ¡Los dos mejores años de mi juventud arrojados a la basura!
El sufrimiento acabó enquistándose en mi alma, petrificándose en mi corazón. Empecé a tener dificultades para respirar. Sentía como si unos brazos invisibles me oprimieran el pecho y me impidieran tragar aire. Las manos me temblaban, la vista se me nublaba. Quería hablar y no me salín las palabras. Creía que me moría. Comprendí que era el momento de marcharme.
El 6 de noviembre de 1972, después de acabar la jornada de trabajo entré en la oficina de la fábrica y pregunté por el Sr. Ballester. Me dijeron que no estaba, pero que podía recibirme su secretaria. Ésta era una chica rubia bastante joven. Le dije sin ambages que quería la liquidación.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado? –me preguntó.
-No, nada –respondí-. No ha pasado nada. Simplemente me voy.
Ella hizo un gesto de incredulidad.
-Creo que éste no es trabajo para mí –traté de explicarme-. No… no me siento bien. No es nada personal. Nada contra ustedes. Todos han sido muy amables conmigo, pero ahora necesito hacer otra cosa. No puedo seguir trabajando aquí…
La chica se quedó mirándome un momento en silencio y luego me dijo:
-¿Por qué no te lo piensas mejor antes de tomar esa decisión?
Le dije que ya lo había pensado y que mi decisión era irrevocable.
Mi madre se llevó un gran disgusto cuando se enteró de que había abandonado el trabajo y, al día siguiente, por la mañana, viéndome muy serio y apesadumbrado, pensó que estaba arrepentido de lo que había hecho y fue a hablar con el Sr. Ballester. Éste le dijo que no tenía ninguna queja contra mí y que podía volver a la fábrica, si lo deseaba. Mi madre me lo contó muy contenta,  pero me puse furioso con ella. ¿La había autorizado, acaso, a hablar con el Sr. Ballester?, le pregunté. ¿Qué le hacía pensar que yo quería volver a trabajar en la fábrica? Me había puesto en ridículo y ahora se iba a poner en ridículo ella misma cuando regresara para decir que me reafirmaba en mi decisión de no trabajar más allí.