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sábado

ABDELLAH TAÏA: FRAGMENTOS SELECCIONADOS


“Cuando Jadiya se aburría o tenía que ir al dispensario para las inyecciones de su hijo, Buchaib me pedía, casi me ordenaba, que la acompañara. Lo que me obligaba a hacer novillos; así que lo obedecía sin hacerme rogar, encantado. Recuerdo con todo detalle la vez que la escolté al mausoleo del santo Sidi Ben Abdelá Ben Hasun, que tenía fama de curar a los niños rabiosos. Después de dar siete vueltas alrededor de la tumba del santo, como se hacen en la Meca alrededor de la Kaba, ayudé a mi hermana a poner a su hijo en el borde de la ventana mágica del mausoleo donde queda uno bendito, según parece. Después, fuimos a ver a la guardiana del lugar santo, la jerifa, que pasó un huevo varias veces por la cabeza de Mohamed antes de clavar un clavo en la pared, justo por encima de su cabeza.
Como habíamos terminado antes de lo previsto, antes incluso de la tercera oración del día, la de Al-Asar, jadiya me propuso lo siguiente:
-        ¿Te gustaría ir a la playa, justo aquí al lado? ¿Quiéres?
Efectivamente, la playa de Sale-Ville se encontraba a diez minutos a pie del mausoleo. Mucho más que yo, Jadiya deseaba ver el mar. Pero interpreté mi papel de niño y contesté:
-         ¡Oh, sí, por favor, llévame!
- Vale, vale. Pero a condición de que no se lo digas a nadie, ni a M’Barka ni a Buchaib. ¿Prometido?
- ¡Prometido, prometido!
Era el mes de mayo, hacía calor. La playa estaba llena de jugadores de futbol y de estudiantes que preparaban los exámenes. Veía el mar por primera vez en mi vida. Tenía ocho años. Estaba en segundo año de primaria. Primero de la clase, lo que me garantizaba la confianza y el cariño de la maestra durante todo el curso. Para insultarme, lo tenían fácil:  tratarme de afeminado. Lo era, yo creía que algo, los demás pensaban que mucho. El mundo para mí tenía un único nombre: Salé, mi ciudad.
El olor del mar, el océano, un olor que despierta y que llama, lo llevaré siempre dentro de mí, en mis venas, en mi corazón, en mi alma. Ese olor y esas olas que se sucedían, provocando un ruido delicioso, nunca monótono, un ruido diferente cada vez, arrebatador, me penetraron por todos los poros… hasta lo más profundo de mi cuerpo. Ahí siguen.
Nos sentamos en la arena, frente al mar. Ante nosotros, hacia la izquierda, se erigía la Kasba de los Udayas, protegiendo Rabat y provocando a Salé. Jadiya se quitó su pañuelo verde pero conservó su chilaba azul. Nos quedamos así mucho tiempo, sin decir nada, sin hacer nada.
Vivíamos, vivíamos plenamente."
"Mis padres dormían. Todo el barrio de Hay Salam hacía la siesta. Solo los vendedores de cigarrillos sueltos se resistían a la llamada del sueño. Se quedaban en un rincón del adarver, fieles, esperando, confiando, con su pequeño transistor sintonizando en la radio de Tánger, Medi 1. Yo los amaba. Desde lejos. Nunca les hablaba. Me atraían. Eran los chicos malos. Los duros. Los malditos. Los caras rajadas. Bebían todas las noches vino barato escuchando a su musa, Oum Kalthoum. Los amo aún. No los olvido. Aquellos hombres de veinte o treinta años, delgados, rudos, mal afeitados, tiernos a su pesar, me los llevé conmigo. Aún siguen estando muy presentes en mí.
... Abdellah, a veces, sin decirme nada, me cogía la cabeza con su mano derecha, la acercaba lentamente a la suya y, en el momento del milagro, pegaba contra mi mejilla sus labios entreabiertos, hambrientos, felices. El beso fraternal. Duraba mucho tiempo. No terminaba nunca."

"MI MARRUECOS" - ABDELLAH TAÏA - ISBN 978-84-936648-6-2


RESEÑA EDITORIAL
Mi Marruecos, primera novela de Abdellah Taïa, recoge el relato autobiográfico de la infancia y adolescencia del escritor. Como documento vital no está exento de interés, al permitir atisbar la vida de un muchacho de clase humilde que se crió en las últimas décadas del pasado siglo, pero en un país y una cultura islámicos. Las diferencias no pasan, sin embargo, de ser superficiales, pues la esencia de la infancia siempre es la misma: el colegio, la familia, los amigos con los que corretear por las calles, el primer amor y, sobre todo, el deseo de crecer, de aprender.
Pero Mi Marruecos es, principalmente, un lamento nostálgico que apunta no sólo a la infancia perdida, sino también al país abandonado. Taia, que escribe desde Francia, se sirve de esta narración para recorrer de nuevo su barrio, su casa, la imagen de su madre e incluso sus comidas preferidas. La añoranza marca las páginas de la novela, de cada historia que se cuenta, y es fácil adivinar que ponerlas en palabras es la manera de la que se sirve el autor para fijarlas en su memoria.
De esta manera, asistimos a un desfile de parientes, amigos, compañeros de clase… cada uno de ellos ligado a una historia que se entrelaza con la del escritor: un niño fascinado por Bruce Lee y, más tarde, por Paul Bowles. Y es que la literatura, los libros (entre los que su padre, funcionario de la Biblioteca General de Rabat, le paseaba cuando sólo era un bebé), se presentan como la gran pasión de Abdelá Taia. Una pasión que se describe con el mismo gozo con el que se habla del primer amor, si éste además durase para siempre.
Como la de cualquier niño, la infancia del niño Abdelá giró alrededor de su madre: M’Barka, una mujer enérgica, abnegada, imbuida de una gran religiosidad; pero a la vez, algo anacrónica, aferrada a un modo de vida que no puede ser ya el del tiempo de su hijo. Y, en el fondo, esa relación con M’Barka no es sino un trasunto de la relación de Taia con el propio Marruecos. El vínculo que lo une a su madre, pero también a su país, es puramente emocional —y, desde ese punto de vista, muy vigoroso—; pero, intelectualmente, Taia y M’Barka, Taia y Marruecos, se encuentran a siglos de distancia, en posiciones casi siempre opuestas, aunque no irreconciliables.




"En la playa de Salé le hablé de Pier Paolo Pasolini, que pasó varios meses del último año de su vida en Rabat. El escritor y cineasta tuvo una especie de flechazo con Salé; incluso quería rodar una película. Quería también convertirse al Islam. Y parece ser que venía a menudo, solo, a ver la puesta de sol en esta misma playa donde ahora estábamos Jean y yo.
Varios meses más tarde, Jean me confesó que mi discurso sobre Pasolini le había emocionado profundamente, sobre todo por lo que no decía, pero daba claramente a entender. Con el tiempo Pasolini se convirtió en nuestro testigo, el sacerdote que bendecía nuestra relación.
Cuando ya nos íbamos de la playa de Salé, Jean acercó su cabeza a la mía y me acarició el hombro con su mano derecha.
Yo me quedé sorprendido -aunque en el fondo no tanto- por aquella muestra de afecto.
Había ganado algo, me había ganado a alguien. Estaba orgulloso sin saber exactamente de qué.
En la falúa que nos llevaba de vuelta a Rabat permanecimos callados. Habíamos dicho lo esencial y un poco más. Aprendíamos a estar bien juntos en silencio."

"EL EJERCITO DE SALVACIÓN" - ABDELLAH TAÏA - ISBN 978-84-96643-60-4

RESEÑA EDITORIAL

La casa en que nació, en Marruecos, tenía tres habitaciones: una la ocupaba su padre; otra, su hermano mayor; y, en la tercera, Abdellah dormía con su madre, sus seis hermanas y su hermano Mustafá. Un madriguera familiar cálida y sensual. Los niños conocen de cerca el amor de sus padres. Pero el pudor les impide hablar de ello. Abdellah es un adolescente cuando su hermano mayor lo lleva a Tánger de excursión. En ese viaje descubrirá la verdadera naturaleza de su deseo. La pasión que siente por Abdelkebir se ve desairada cuando éste se enamora de una mujer. Cumplidos los veinte años, se marcha a Ginebra para proseguir sus estudios. ¡Por fin va a conocer la Europa de sus sueños; los libros, el cine, la libertad que tanto ha ansiado! Pero lo que descubre es la soledad, lejos de su familia. Es un muchacho muy atractivo, y utiliza su poder de seducción. Abdellah Taïa nos relata el itinerario de un chico de nuestro tiempo. La clave de ese itinerario está en armonizar la tradición marroquí con la cultura europea, el desarraigo con el deseo de salir adelante. Denuncia las hipocresías, de manera a veces cruda y a veces tierna, candorosa y maligna, desenfadada y conmovedora.


"Mis padres dormían. Todo el barrio de Hay Salam hacía la siesta. Solo los vendedores de cigarrillos sueltos se resistían a la llamada del sueño. Se quedaban en un rincón del adarve, fieles, esperando, confiando, con su pequeño transistor sintonizando en la radio de Tánger, Medi 1. Yo los amaba. Desde lejos. Nunca les hablaba. Me atraían. Eran los chicos malos. Los duros. Los malditos. Los caras rajadas. Bebían todas las noches vino barato escuchando a su musa, Oum Kalthoum. Los amo aún. No los olvido. Aquellos hombres de veinte o treinta años, delgados, rudos, mal afeitados, tiernos a su pesar, me los llevé conmigo. Aún siguen estando muy presentes en mí.
... Abdellah, a veces, sin decirme nada, me cogía la cabeza con su mano derecha, la acercaba lentamente a la suya y, en el momento del milagro, pegaba contra mi mejilla sus labios calientes, entreabiertos, hambrientos, felices. El beso fraternal. Duraba mucho tiempo. No terminaba nunca."
... Tenía doce años, y aún solía vagar por las calles con los pies descalzos. Aún no me había abandonado la infancia. En realidad nunca me abandonará. La infancia desnuda. Con aquellos compañeros terribles, a los que adoraba, y con quienes jugaba todos los días a no respetar las reglas, a hacer el loco. A robar. A matar pájaros y gatos. A fumar y a beber vino tinto. Yo era como ellos, del todo como ellos."


"UNA MELANCOLÍA ÁRABE" - ABDELLAH TAÏA - ISBN 978-84-9868-057-7

RESEÑA EDITORIAL

Una vez más, el protagonista es Abdellah, que en esta novela "cae y vuelve a levantarse cuatro veces". en Sale, en Marrakech, en París y en El Cairo. Un libro en el que Taïa se desnuda y hace de su propia biografía el material para una novela en la que narra la dureza y las dificultades de un joven marroquí que despierta a la vida. Porque, para el autor, "la literatura es una forma de compromiso, de luchar contra el miedo".
Desde la primera página del libro, el lector acude al relato, en tono íntimo y poético, de un adolescente que a mediados de los ochenta persigue el sueño de convertirse en director de cine y que quiere huir de la "vergüenza" de ser un muchacho afeminado. Y para ello, "correr y correr" es la única forma que le queda para afrontar la violencia de su Marruecos natal.


***
Según Taïa, la homosexualidad ya se trataba en la literatura árabe hace más de diez siglos, y los grandes profesores hablaban de ello. "La forma de amar de los árabes está influenciada por aquellos poetas de antes del Islam, pero ahora parece que no quieren oír hablar de ello".
Taïa, que hace cuatro años dio a conocer su homosexualidad en un acto público que tenía lugar en Marruecos, un atrevimiento poco habitual en un país en el que "oficialmente la homosexualidad no existe" pero, tal como ha escrito el propio Taïa, "se vive con mucha naturalidad siempre que se oculte". El escritor asegura que "la homosexualidad no es un gueto, sino una manera de estar en el mundo". En su caso, es también una forma de mirar, muy especialmente, al mundo árabe, porque escribe "sobre lo que soy y sobre el mundo al que pertenezco" y cuando erige la homosexualidad en motivo principal de su obra no lo hace "para impulsar un debate sociológico, sino para hablar de la individualidad, de la identidad y de la diferencia, de todas las diferencias, que a muchos les son negadas".