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MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

miércoles

HEMEROTECA

"El día en que conquistamos la igualdad"
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CARMEN MONTÓN - EL PAÍS - 02.07.05
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Sucedió el pasado jueves en el templo de la representación nacional: todos los partidos políticos, excepto uno, aprobaron una ley que habla de igualdad, libertad, justicia, dignidad, pluralismo, tolerancia y solidaridad... que habla de plena ciudadanía. Una ley cuya finalidad es extender el matrimonio para todos y conseguir que homosexuales y heterosexuales puedan elegir entre casarse, crear una unión de hecho o no establecer ningún vínculo jurídico. España, por fin, ha sido pionera en la conquista de la igualdad de derechos.
Sostienen los críticos a esta conquista que el matrimonio es unívoco e invariable: es la suma de hombre y mujer.
Pero eluden aceptar que el matrimonio es una institución humana; que el matrimonio es una institución cultural, resultado de un tiempo y de una evolución histórica determinada. Por tanto, será lo que la sociedad en cada momento, en función de la realidad y sus necesidades, democrática y legítimamente decida. Y el gobierno y el poder legislativo no sólo pueden, sino que deben regular como matrimonio las diversas formas afectivas de unión presentes en nuestra sociedad.
Respecto a la adopción, el otro argumento esgrimido en contra, hay que apelar antes que nada a la realidad. Tenemos que ser conscientes de que los homosexuales tienen hijos, biológicos o en adopción individual; y que estos niños, al no estar reconocidos, puede ser víctimas de desprotección o de discriminación. Una vez más, superar el problema pasa por asumir la realidad, sin hipocresía ni falsos reparos. Significa reconocer que ni gays ni lesbianas ni heterosexuales tienen derecho a adoptar, sino que son los niños los que tienen derecho a que la sociedad les proporcione la mejor opción de familia que les pueda conseguir. Y es función de los profesionales decidir si la pareja cumple las condiciones necesarias para ser unos buenos padres o madres. Ésta es la clave: asegurar el futuro del niño desde las garantías sociales, antes que desde los escrúpulos culturales de la orientación sexual.
Hoy es un día de orgullo, antes que nada, para la propia condición humana. De la misma manera que hace algo más de un siglo fue una victoria de esa misma condición humana abolir la esclavitud en nuestro país, a pesar de los teóricos que defendían la desigualdad natural de los negros o de los reaccionarios de siempre que auguraban una inversión del orden natural. Y hoy es también un día de orgullo para todos los españoles, entre otras razones, porque ponemos punto final a la discriminación de cualquier persona por razón de su opción sexual o de su proyecto de vida con otra persona.
No me cansaré de decir que es injusto ser ciudadano de segunda por amor, y que la medida no va contra nadie y que a nadie va a perjudicar. Sobre todo, por la intensa campaña reactiva que ha provocado. A lo largo del tiempo en que se ha tramitado esta ley, hemos asistido a hechos insólitos para el sentido común de la mayoría de los ciudadanos: hemos visto manifestaciones en la calle, manifestaciones en los medios... Y hasta hemos podido ver la comparecencia en el Senado, invitado por el PP, de un experto que definió la homosexualidad como una enfermedad y declaró alcohólicos y hostiles a los padres de los homosexuales. Un invitado por quien intenta justificar lo injustificable.
Pero la igualdad ha ganado la batalla y el PP la ha perdido. Los españoles han dado un ejemplo al mundo, y los que se oponen al progreso social la han perdido. Atrás queda el tiempo en que el Gobierno de España era el único de un país europeo que se oponía a que gays y lesbianas tuviesen voz en la ONU. Atrás quedan los días en que altos responsables de un gobierno de España se pronunciaban abiertamente en contra de los derechos de los homosexuales. Atrás han quedado ya los Zaplana, Mato, Montoro, Fraga, Botella, Conde...
Hoy hemos dado un gran paso hacia la igualdad. Hoy hemos demostrado la madurez de nuestra sociedad. Pero es sólo un paso. Ahora nos queda un gran trabajo para eliminar la discriminación cotidiana, y ésta es una tarea en la que son necesarios todos los partidos políticos, los gobiernos, los colectivos y todos los ciudadanos.