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* MARIO ALONSO PUIG: "LA FELICIDAD ES DESCUBRIR EN LA VIDA EL SENTIDO DE NUESTRA EXISTENCIA" *

MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

lunes

HISTORIA DE UNA IDENTIDAD

Varios historiadores abordan la evolución de la cultura gay y lesbiana, así como su consideración religiosa y social a lo largo del tiempo
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Paul Bowles, derecha, junto a su esposa y Truman Capote en Tánger

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GERARDO ELORRIAGA - LA VOZ DE CÁDIZ
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Se les llamó sodomitas y también dijeron de ellos que practicaban el amor griego, les tacharon de invertidos y recibieron la extraña denominación de uronianos. Fueron expresiones, a menudo despectivas, que se aplicaron a aquellos hombres y mujeres que mantuvieron relaciones eróticas con individuos de su mismo sexo. Gays y lesbianas. Vida y cultura (Nerea) aborda la repercusión pública de dicha forma de amar a lo largo de la Historia, las manifestaciones creativas vinculadas a un específico tipo de deseo y también su conflictiva relación con el poder. Esta obra, dirigida por el historiador australiano Robert Aldrich, incluye 14 ensayos de otros tantos autores. Los análisis apuntan criterios cronológicos y la diferente repercusión en áreas geográficas, pero también la relación del fenómeno con los grandes hitos humanos. Más allá de connotaciones peyorativas y otros juicios, la terminología empleada expresa la diversa interpretación experimentada a través de los siglos y que este libro de afán enciclopédico analiza en profundidad, desde la perspectiva social, política y estética. La exposición parte de la Antigüedad grecorromana, una época en la que las prácticas sexuales no se hallaban socialmente penalizadas, incluso algunas tan polémicas como la pederastia, ya que se relacionaban, a menudo, con procesos de aprendizaje vital y conocimiento. Además de la amistad de Alejandro Magno y Bagoas o la mítica de Zeus y Ganímedes, el Banquete de Platón testimonia esa reflexión desprejuiciada sobre el Eros y la Iliada de Homero habla de la especial amistad entre Aquiles y Patroclo durante la guerra de Troya. Aunque las expresiones artísticas suelen remitir a un ámbito exclusivamente viril, los poemas de Safo también contemplan el amor entre mujeres y Lesbos, la isla de la que proviene la poetisa, le ha dado nombre universal. En la antigüedad, la visión idílica de Atenas y Roma como espacios de libertad perdura en el tiempo hasta convertirse en paradigma para quienes aspiran a superar el estigma de la diferencia y las frecuentes situaciones de opresión. Por contra, la expansión en el Medioevo de las religiones monoteístas, tanto el cristianismo como el Islam, está asociada a la persecución de la disensión en la fe y el gusto sexual, con el empleo de la tortura y a la ejecución como pena habitual. El Renacimiento alentará corrientes de pensamiento como el neoplatonismo y filósofos como Erasmo de Rotterdam, que exaltan los sentimientos entre amigos, siquiera en el reducido ámbito de los círculos intelectuales. Estas minorías escaparán al castigo de la sodomía, el crimen nefando que remite a la ciudad bíblica. A partir de ese período, la representación plástica también recurre a mitos paganos o iconos cristianos, como el sacrificio de San Sebastián, para plasmar imágenes de intenso erotismo. A pesar de su hálito renovador, la Ilustración no es ajena a los prejuicios, sólidamente establecidos en una opinión pública que asociaba esta orientación con comportamientos pervertidos, considerados contrarios a la moral pública y la conservación de la especie. El pensador alemán Emmanuel Kant aseguraba que «deshonraban a la Humanidad». Sin embargo, la obra recalca que la proliferación y creciente visibilidad de las subculturas homosexuales en el siglo XVIII atrae la atención de la ciencia y se convierte, un siglo después, en una presencia ineludible en el ámbito urbano, dotada con lugares y códigos propios, a pesar de concitar el espanto burgués. La creencia en la naturaleza casta o asexual de la mujer, su reclusión doméstica o la marginación de la relación entre ellas, evitaron las mayores persecuciones. Las referencias al amor imposible o pecado silencioso atestigua su escasa o irrelevante consideración para los guardianes de la ética.
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Tiempo de cambios
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Los cambios que anteceden la realidad contemporánea se inician a finales del siglo XIX. La investigación médica, las primeras movilizaciones y la demanda de revisión de las leyes coinciden en el tiempo. En una carta al ministro prusiano de Justicia, el escritor húngaro Karoly Maria Kertbeny solicita la despenalización de los actos antinaturales y utiliza, por primera vez, el neologismo homosexualidad. El debate llega a primer plano con el juicio de Oscar Wilde por su relación con lord Alfred Douglas. Si bien su condena atestiguó la consideración como vicio y delito, también alentó iniciativas a favor de su despenalización como el movimiento impulsado por el alemán Magnus Hirschfeld. Su vindicación se apoyaba en el aporte documental y una intensa labor educativa que contó con el apoyo de Thomas Mann, Zola, Tolstoi, André Gide o Isherwood. En el período de entreguerras, el clima de laissez faire de París y, sobre todo, de la bulliciosa Berlín, permite el apogeo de clubes donde se relacionaban homosexuales y travestidos, lugares de moda que permitían encuentros de muy diferentes orígenes. En ese ambiente surge una literatura específica que critica la educación puritana y la represión, y preconiza el amor por encima de las convenciones y las clases sociales. Es el germen de novelas como la emblemática Maurice, de E. M. Forster. También se producen las primeras películas que abordan la temática homoerótica, como Diferente de los demás (1919) o Chicas de uniforme (1931). La identidad lesbiana también se beneficia de la aparición de sus propios cenáculos, algunos tan prestigiosos como los que frecuentan las escritoras Romaine Brooks, Gertrude Stein, Djuna Barnes o Tamara de Lempicka. Pero el nazismo puso el contrapunto trágico a esa libertad. Unos 15.000 prisioneros portaron la ignominiosa estrella rosa que los convertía en parias entre los encarcelados en los campos de exterminio. Curiosamente, el comunismo ruso, que había despenalizado su conducta, volvió a reprimirla alegando cierto origen fascista. Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta la actualidad, el activismo gay ha seguido un recorrido similar al de otros movimientos sociales que demandaban cambios en la legislación penal y civil para derogar toda norma discriminatoria. La tradición de los círculos de amigos se mantuvo con citas como la protagonizada en Tánger por Paul Bowles y varios representantes de la generación beat, seducidos por el encanto de lo exótico, de la periferia de Occidente. La asunción de sus objetivos por los partidos políticos más progresistas en el ámbito occidental ha propiciado algunos hitos tan recientes como la promulgación de leyes de matrimonio. Paralelamente, la subcultura gay ha sido asimilada por el mainstream institucional y comercial, y sus aportaciones, caso de las obras plásticas de Gilbert&George o Pierre et Gilles, se han convertido en iconos del homoerotismo, desprovistos de de su aliento subversivo. A mediados de los 80, llegó la pandemia del sida y, una vez más, los homosexuales han debido enfrentarse a un nuevo azote, el derivado de la intolerancia religiosa y social.