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jueves

GESTIONAR EL SUFRIMIENTO


Si bien es concebible remediar los dolores mentales transformando la mente, ¿cómo podría aplicarse  el mismo proceso al sufrimiento físico? ¿Cómo se puede hacer frente a un dolor que nos empuja a los límites de lo tolerable? Una vez más, conviene distinguir dos tipos de sufrimiento: el dolor físico y el sufrimiento mental y emocional que el primero engendra. Indudablemente, hay varias maneras de vivir un mismo dolor, con más o menos intensidad.
Desde el punto de vista neurológico, sabemos que la reacción emocional al dolor varía de forma importante de un individuo a otro y que una parte considerable de la sensación dolorosa se halla asociada al deseo ansioso de suprimirla. Si dejamos que esa ansiedad invada nuestra mente, el más benigno de los dolores se vuelve enseguida insoportable. Es decir, que nuestra apreciación del dolor depende también de la mente, la cual reacciona ante el dolor mediante el miedo, la rebeldía, el desánimo, la incomprensión o el sentimiento de impotencia, de suerte que, en lugar de padecer un solo tormento, los acumulamos.
Entonces, ¿cómo dominar el dolor en vez de ser víctima de él? Si no podemos escapar de él, más vale aceptarlo que intentar rechazarlo. Tanto si caemos en el desánimo más absoluto como si conservamos la presencia de ánimo así como el deseo de vivir, el dolor subsiste, pero en el segundo caso seremos capaces de preservar la dignidad y la confianza en nosotros mismos, lo que establece una gran diferencia.

Con este fin, el budismo ha elaborado diferentes métodos. Uno recurre a la imaginería mental; otro permite transformar el dolor despertando al amor y a la compasión; un tercero consiste en la examinar la naturaleza del sufrimiento y, por extensión, la de la mente que sufre.