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domingo

LA IDENTIDAD SEXUAL ENTRE LA NATURALEZA Y CULTURA

UMBERTO GALIMBERTI

La exigencia del sacerdocio para las mujeres, el trabajo del ama de casa, la presencia de personal femenino en el ejército, la desaparición de profesiones exclusivamente masculinas, la aceptación de nuevas identidades (personas transexuales) y la constitución de familias homosexuales son tan solo algunos ejemplos en los que la diferencia sexual no admite ser utilizada para un reparto de papeles en el orden social, como ha sucedido siempre en la historia cada vez que la ideología ha buscado en la fisiología la prueba de su verdad.
Hoy en día casi todo el mundo sabe que ningún ser se ajusta por naturaleza a su sexo. La ambivalencia sexual, la actividad y la pasividad, por no decir la bisexualidad y la transexualidad, están inscritas como diferencias en el cuerpo de todos los individuos y no como término absoluto vinculado a un determinado órgano sexual. Sin embargo, esta ambivalencia sexual profunda, confirmada hoy no solo por la psicología sino también por la biología, está culturalmente reprimida, porque de lo contrario escaparía a la organización genital y al orden social. Todo el trabajo ideológico consiste, por tanto, en dispersar esta realidad irreductible para anularla en la gran distinción de lo masculino y de lo femenino, entendidos como dos sexos plenos, absolutamente distintos y opuestos el uno al otro.
La distinción masculino/femenino fue el primer principio ordenador en torno al cual se organizaron las culturas primitivas, que no conocían ninguna forma de trabajo en la que participaran juntos hombres y mujeres. Por ejemplo, como nos cuenta Pierre Clastres a propósito de las tribus ameridias, si los hombres cazaban, a las mujeres se les confiaba la tarea de la recolección, si el bosque era el espacio del hombre, el campamento era el de la mujer. Espacio del riesgo, del peligro, de la aventura para el hombre, el bosque era para la mujer una pura extensión neutra entre dos etapas. En el polo opuesto, el campamento era el espacio en el que la mujer se realizaba y el hombre reposaba. La oposición sexual se convierte así en oposición del espacio y del tiempo vividos respectivamente por el hombre y la mujer, se convierte en oposición socioeconómica entre un grupo de productores y un grupo de recolectores-consumidores.
Los amerindios, nos cuenta también Clastres, aprenden esta primera gran distinción que rige el funcionamiento de su sociedad a través de un sistema de prohibiciones recíprocas; por ejemplo, a las mujeres les está prohibido tocar el arco de los cazadores y a los hombres utilizar el cesto. De este modo, la sexualidad se extiende a los objetos que, al perder su neutralidad (nec uter), se convierten en signos que recuerdan la necesidad de no transgredir el orden social que regula la vida del grupo, de modo que el cazador que por desgracia toca el cesto pierde su virilidad, ya no puede ir al bosque y debe resignarse, encargándose a su vez de un cesto, a convertirse metafóricamente en una mujer. Renunciará al canto solitario del cazador que de noche ensalza sus hazañas y magnifica su valor, para unirse al canto comunitario de las mujeres que de día, todas juntas y nunca solas, entonan los temas tristes de la muerte, de la enfermedad y de la violencia de los blancos.
Por consiguiente, ya en las sociedades arcaicas, la realidad social es el producto de la oposición de los signos sexuales, de modo que es la oposición la que genera el efecto realidad. Representada no en el ser, sino en el tener (el falo), la diferencia sexual es la máscara erigida sobre la elusión del cuerpo para disolver su profunda ambigüedad que, si se mantuviera, no permitiría la división social delos sexos, de las funciones y, por tanto, del trabajo.
El mito de la identidad sexual no nace, pues, de la fenomenología del cuerpo vivido, ni menos aún de un análisis del inconsciente, sino de la operación lógica que, reduciendo la sexualidad a la genitalidad, convierte a esta última en el principio universal que la cultura siempre ha mantenido en torno al sexo y al cuerpo, casi el equivalente general de los valores sociales, el fundamento y el reclamos último de las instituciones.