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MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

miércoles

LA LLAMA INVENCIBLE - 1

PEDRO MENCHÉN

En Ballester, S.L. me pusieron en “el banco de los aprendices” junto a un chico de quince años llamado Carlos. Procedía de un pueblo de Badajoz y estaba muy desarrollado para su edad. Tanto, que era más fuerte y más alto que yo. También era muy hermoso, pero su hermosura era de esa clase que brota del interior al exterior. Una simbiosis perfecta entre anatomía y espíritu. Carlos tenía un carácter muy alegre. El carácter más alegre que yo he conocido en mi vida. No paraba de reír. Todo le hacía gracia. Siempre estaba bromeando con unos y con otros. Para él la vida era algo así como un chiste.
Carlos simpatizó conmigo desde el principio. Pero pienso yo que lo mismo hubiera podido simpatizar con cualquier otro chico que le hubieran puesto por compañero. A pesar de que yo era serio e introvertido y él alegre y extrovertido, nos llevábamos bien y pronto nos hicimos amigos. Siempre que podíamos estábamos juntos, tanto en el trabajo como fuera de él.
Carlos solía ir a un almacén que tenía la fábrica en un edificio anexo a por telas, gomaespuma, festones, cojines y todo tipo de materiales de trabajo y, cuando las cosas que debía traer eran demasiado pesadas o voluminosas, me llamaba para que le ayudara. Yo acudía encantado, ya que, aparte del placer que suponía suspender momentáneamente la tarea que estuviera haciendo para salir a la calle, nada más llegar al almacén, Carlos, que era como un perrillo travieso y juguetón, lo primero que hacía era lanzarse sobre mí para pelear. Ambos rodábamos por el suelo, sobre las planchas de gomaespuma o sobre los inmensos montones de cojines tratando de vencer al rival, pero como nuestras fuerzas eran muy equilibradas, ninguno lo conseguía y al cabo de un rato estábamos completamente agotados. Como es lógico, en el movimiento desordenado de la lucha y en el forcejeo, había momentos en que acabábamos el uno encima del otro, con las piernas entrelazadas, mirándonos intensamente a los ojos, con las bocas jadeantes a escasos centímetros la una de la otra… Y entonces yo tenía que hacer denodados esfuerzos para no besarle.
Carlos tenía la costumbre de agarrarme, por sorpresa, de los testículos. Eso me desorientaba tanto que bajaba la guardia, perdía toda mi fuerza y me vencía. Yo no me atrevía a tocarle a él los testículos, pero recurría a su punto más débil: las cosquillas. Cada vez que le hacía cosquillas, Carlos se desternillaba de risa, aflojaba sus músculos y ya era mío. Yo me tumbaba entonces sobre él, me apretaba firmemente contra su cuerpo y no le soltaba hasta que se rendía verbalmente. Era una delicia, con la excusa de las peleas, poder abrazar y manosear con tanta libertad a aquel precioso muchacho sin que él, aparentemente, se diera cuenta de mi doble juego. Sin embargo, el deseo sexual que yo sentía por Carlos se hacía cada vez más explícito y al final, como era previsible, acabé enamorándome de él.
Estar al lado de Carlos era siempre una fiesta. Él convertía cualquier paseo informal por una calle en una aventura y en un momento memorable, y yo no quería perderme ningún momento memorable. Tenía tanta vitalidad, tanta alegría y tanta belleza que su presencia difícilmente pasaba desapercibida allá por donde fuera. Cualquier dependiente o cualquier camarero que le hubiera visto una sola vez le recordaba y se alegraba de volver a verle. A veces entrábamos en un sitio donde no habíamos estado anteriormente (una heladería, una tienda de frutos secos, una cafetería) y si, por casualidad, volvía yo solo otro día, me preguntaban por él. No le conocían, no le habían visto más que una vez en la vida y, sin embargo, ya le querían, ya le echaban de menos.
Cuando el autobús llegaba, Carlos se despedía de mí muy efusivamente y ambos agitábamos las manos hasta perdernos de vista. Entonces yo volvía a mi casa y me encerraba en mi habitación, donde leía, dibujaba, escuchaba música o practicaba con mi Lettera 32, hasta que caía rendido de sueño.
Carlos y yo salíamos juntos, también, los domingos. Paseábamos por algún parque o avenida, comprábamos un helado o una bolsa de frutos secos y con eso teníamos suficiente diversión. Más adelante, cuando llegó el invierno, nos aficionamos al cine. Solíamos ver dos películas de reestreno por el precio de una en los cines de “sesión doble”. Normalmente una de las películas era de acción y la otra una comedia humorística o un drama sentimental. A veces entrábamos en los cines sin tener la menor idea de lo que íbamos a ver y nos llevábamos gratas sorpresas, como cuando vimos Esplendor en la hierba, una película que para mí esta unida de forma indeleble al recuerdo de Carlos. Casi puedo notar todavía la conmoción que me produjo el terrible drama de Deanie, el personaje interpretado por Natalie Wood, con el que tanto me identificaba, mientras contemplaba a Carlos de soslayo, en la penumbra de la sala, tratando de rozar levemente su brazo o pierna. Yo entendía demasiado bien que la pobre Deanie se volviera loca de deseo al no poder consumar su amor por el bellísimo Bud (Warren Beatty), ya que eso era exactamente lo que me ocurría a mí mismo con aquel chico.
Carlos me invitó a pasar una mañana de domingo en El Bercial. Eso me puso muy contento, ya que tenía curiosidad por conocer el barrio donde vivía. También quería conocer a su familia, sobre todo a su madre. De ella me hablaba muy a menudo y me caía bien sin conocerla, pues deduje que se parecía a mi madre. El padre de Carlos, sin embargo, no se parecía a mi padre. Era un buen padre. Un hombre humilde al que habían arrancado casi a la fuerza del campo para llevarlo a la gran ciudad (donde, según Carlos, no se adaptaba). También quería conocer a su hermano mayor, un chico rebelde y disoluto, al que sus padres apenas podían controlar.
El Bercial era en 1972 un conjunto de bloques de ladrillo rojo, humildísimos, construidos sin orden ni concierto en en medio del campo, a unos 2 o 3 kilómetros de Getafe. Producía una triste sensación de pobreza, de abandono y de lejanía. Las pocas calles que conformaban aquel barrio ni siquiera habían sido asfaltadas y el suelo estaba cubierto de arena. Sólo había un bar en una esquina de la plaza (si quiere llamarse plaza a una especie de descampado rodeado de edificios), a aquella hora lleno a rebosar de hombres jóvenes (el lugar, que estaba siendo colonizado por familias de origen extremeño, aún no había tenido tiempo de generar su propio remanente de viejos) bebiendo cerveza y hablando a gritos. También había muchos niños correteando y jugando con la arena por todas partes.
Carlos me estaba esperando en la parada del autobús y, como siempre, se alegró mucho de verme. Me llevó directamente a su casa para presentarme a su madre. Era ésta una mujer gorda, sencilla y bonachona. Nada más entrar en el salón, Carlos me mostró en la pared el retrato de carboncillo que le había hecho un par de meses antes y que su madre había mandado enmarcar. Dicho retrato había provocado en la mujer cierto interés por mí. Me di cuenta enseguida de que le había caído bien (yo siempre les caía bien a las mujeres casadas; todas ellas me consideraban el amigo perfecto para sus hijos). No obstante, sonreía  cohibido, evitando mirar fijamente a Carlos para no delatar mis sentimientos. La mujer me hizo dos o tres preguntas convencionales y después tuvo la amabilidad de retirarse a la cocina. Carlos, me agarró  entonces de un brazo y me llevó a su habitación, donde nos encerramos. Casi estuve a punto de abrazarle pensando que había en aquel gesto una intencionalidad libidinosa. Pero no. Tan solo quería mostrarme su radiocassette, sus cintas de música y ese tipo de cosas. Allí estaba su cama, el armario donde guardaba la ropa: sus encantadoras camisetas y camisas, sus calzoncillos y pantalones, aquellos pantalones vaqueros, ay, que a él le sentaban tan bien. Allí estaba la silla donde arrojaría cada noche su ropa antes de meterse en la cama, y allí la ventana desde donde se veía una parte de la plaza. Todo muy limpio y ordenado (sin duda, por la madre, no por él), todo muy sencillo y humilde, pero decoroso. Y estaba también ese algo intangible que rodea a las personas que amamos y que tanto nos hechiza, ese magnetismo, esas pulsaciones eróticas que emanan de todo lo que tocan, de todo lo que les pertenece.