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MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

martes

DE PAULOV A LA LOBOTOMÍA

PSIQUIATRA MODELO
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Juan José López Ibor fue uno de los psiquiatras modelo del franquismo. Hay autores que lo responsabilizan de haber tratado a los gays de la época con electrochoques y hasta de haberles practicado lobotomías. Hasta hace pocos años, para la ley y la ciencia, un homosexual era un enfermo al que había que aplicar una terapia.

JUAN LUIS ÁLVAREZ / FEDERICO UTRERA - INTERVIÚ

La Ley de Vagos y Maleantes de 1954 (reforma de la anterior, republicana, de 1933) consideraba delincuentes a los homosexuales, junto con rufianes, proxenetas y borrachos. Por eso, cuando fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, en 1970, algunos pensaron que mejorarían las cosas. Al contrario, la nueva norma –que, eso sí, exigía “habitualidad” para ser considerado peligroso– hizo que se habilitaran para ellos dos centros de reeducación que ya existían como prisiones, las cárceles de Badajoz y Huelva. El país, entonces, consideraba a los gays como enfermos, en el mejor de los casos. Por eso, un jurista de la talla de Miguel Miravet Hombrados, propuesto por el PSOE como hijo adoptivo de Valencia (fue teniente fiscal allí hasta su fallecimiento, en 2002) y el primero que pidió el procesamiento del general Pinochet, era capaz de decir en 1974: “Lejos de nuestra postura el tomar una posición a favor de la absoluta libertad homosexual; por el contrario, hay que preservar, sobre todo a la juventud, del viraje definitivo y peligroso hacia la homosexualidad; pero no por razones morales, sino (…) de economía sexual” (Peligrosidad social y medidas de seguridad. Colección de Estudios del Instituto de Criminología y Departamento de Derecho Penal. Universidad de Valencia, 1974). En la obra citada, el profesor Miravet también decía: “Se han empleado técnicas terapéuticas… [con] resultados insospechados hasta ahora: un 66 por ciento de curaciones”. Se refería al pase de material pornográfico homosexual acompañado de una descarga eléctrica, “no excesivamente dolorosa, pero desagradable”, un reflejo condicionado como el de los perros de Pavlov. El inconveniente –admitía Miravet– es que el tratamiento es largo y caro: “Una a tres veces por semana y, como número medio de sesiones, cuarenta y ocho”. No era el único en opinar así. El psiquiatra Juan José López Ibor hacía algo más que aplicar electrochoques a Leopoldo María Panero. Pionero en la práctica de la psicocirugía en España, llegó a practicar lobotomías a homosexuales, si nos atenemos a la cita que de él hace el jurista Emilio Lamo de Espinosa en su libro Delitos sin víctimas (Alianza, 1998), donde –citando a Alain Sotto– recoge una conferencia de López Ibor en el Congreso de Psiquiatría de San Remo (Italia) de 1973: “Mi último paciente era un desviado. Después de la intervención en el lóbulo inferior del cerebro presenta, es cierto, trastornos en la memoria y la vista, pero se muestra más ligeramente atraído por las mujeres”. La Asociación Mundial de Psiquiatría, que precisamente él presidió, condenó recientemente estas prácticas. El dibujante Nazario (Nazario Luque) también habla de ello en uno de sus libros, La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos (Ellago Ediciones, 2004): “Entonces estaba todo por hacer: el sistema reeducaba a los gays, los clasificaba como maleantes, les practicaba la lobotomía –un invento del doctor López Ibor– y te quedabas tonto o, si no, efectivamente, se te quitaban todas las ganas de follar..., tanto con hombres como con mujeres”. Las curaciones debieron de ser habituales. El viejo luchador gay y antifranquista Armand de Fluvià, en su estudio Aspectos jurídicolegales de la homosexualidad, de 1979, habla del centro de reeducación de Huelva “en el que, en ocasiones, se practicaron terapias agresivas (descargas eléctricas, vomitivos...)”. Fluvià, ex presidente y fundador del Front d’Alliberament Gay de Catalunya (FAGC), una de las asociaciones más reivindicativas de la época –entonces firmaba como Roger de Gaimon–, también pasó por la cárcel, “pero por motivos políticos”, como él mismo recuerda ahora. El doctor Francisco Arasa, director de la entonces prestigiosa revista Folia Humanística, también intentaba curar: según una conferencia que dio en la Universidad de Wurzburg (Alemania) en 1968, al homosexual había que aplicarle “aversión mediante métodos químicos” –aunque, eso sí, “el enfermo se debe prestar voluntariamente”–, como inyecciones de apomorfina y choques aplicados en las erecciones: “He tratado a tres homosexuales mediante la inyección de un extracto pineálico con muy alentadores resultados. Uniendo a este método una adecuada psicoterapia (…), quizá se pudiera hablar de un 10 por ciento de éxitos en los homosexuales”. A decir verdad, el éxito era que el enfermo no terminase en la funeraria