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MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

martes

ENTREVISTA A JOSÉ MANTERO



El 1 de febrero de 2002 la portada de la revista Zero, una conocida publicación gay española, traía a Mantero vestido de sacerdote diciendo “Doy gracias a Dios por ser gay”. Fue la primera vez- hasta hoy- que un sacerdote católico en ejercicio reconocía su homosexualidad. La confesión, hecha en tiempos de Juan Pablo II, le costó la expulsión a Mantero, quien sirvió 22 años como sacerdote diocésano en Andalucía donde llegó a ser vicario. Desde entonces, no pisa una iglesia. A veces, dice, celebra eucaristía para bendecir matrimonios gais, pero se dedica a escribir columnas y a criticar la hipocresía de una institución que conoce bien.. 

¿Desde chico querías ser cura?

Casi, recuerdo que empecé a decirlo a los 17 años, cuando militaba en grupos de jóvenes cristianos donde vi que había algo más que una ritualidad, que había un cierto despunte de compromiso social. Y eso empezó a cautivarme. Verás, teológicamente, se dice que Dios llama a la vocación. Pero no nos imaginemos una llamada con trompetas celestiales. Es una llamada que llega, naturalmente, a través de la percepción de una serie de necesidades tanto de la sociedad como de la Iglesia. Y percibí que merecía la pena transmitir un mensaje y la manera para mí de hacerlo, en ese momento, era una consagración en el sacerdocio.

¿Entonces sabías que eras homosexual?

Yo lo sabía desde los 12 años y recuerdo cuando lo supe. Estábamos en mi casa, con mis amigos viendo tele y justo en esos años daban una teleserie americana de estas donde salían camioneros y chicas rubias. Y diría que a mis amigos se ponían furiosos con la chica rubia y a mi me gustaba el camionero, ja, ja…

¿Practicabas tu sexualidad?

Pues, hombre, de la manera que un chaval la practica: con roces, con tonterías, como un chaval heterosexual, bisexual. De una manera lúdica e inocente como son estas cosas.

Te lo pregunto porque al decidir ser sacerdote, optas por el celibato.

No, opto por el sacerdocio. El celibato es algo que está disciplinariamente aparejado. Porque cuando alguien quiere ser sacerdote no dice “quiero ser célibe” dice “quiero ser sacerdote” y si esto trae aparejado una condición, bueno dice “qué le vamos a hacer”. Yo para manejar un vehículo debo sacar un permiso de conducir y no puedo beber alcohol. Esto es igual. Así se reconoció en la última encíclica que se publicó sobre el celibato, la “Sacerdotalis Coelibatus” del Papa Paulo VI donde se reconoce, abiertamente, que el celibato no es esencial ni consustancial al ministerio ordenado sino que es una disciplina de la Iglesia Católica Romana, porque la Iglesia Católica Oriental igualmente unida a Roma, no tiene la disciplina del celibato.

Entonces, el sacerdocio y el celibato no están unidos teológicamente. 

No y si aceptamos que quien instauró el sacerdocio fue Jesucristo de Nazaret, pues ahí tenemos el caso de los apóstoles, que en su mayoría eran personas casadas.

¿Pero el celibato te parecía normal, te parecía que podías sostenerlo en el tiempo?

A ver, yo lo asumí con todas las de la ley: sin ruptura, pero esto es siempre cuestionado y se seguirá cuestionando. Afortunadamente, ese es un índice de que el ser humano sigue pensando.

¿Y cómo lo hacías para ser célibe? ¿Les enseñaban alguna técnica?

Yo era célibe en mi día a día, tal como es célibe en su día a día un cura heterosexual. Y no, no nos enseñaban métodos especiales. Tampoco nos prohibían cosas, sino que se aconsejaba lo normal a todo católico: no ver porno, etc.
  
¿El sacerdote, realmente, vive alejado del sexo?

La pregunta habría que retrotaerla a un primer estadio: ¿es posible que la persona humana viva sin expresarse sexualmente? Es posible, pero al precio de la desestabilización síquica, al precio de acabar como las Maracas de Machín, es decir, “loquitas”. Posible es, pero también es posible que una persona viva 40 años encadenada a una roca con una cadena de hierro, como había ermitaños en la Edad Media. La pregunta entonces es ¿a qué precio? Y hay un grupo minúsculo del clero católico que vive sin práctica sexual, digo “minúsculo” porque en la práctica sexual hay que incluir no solamente las relaciones sexuales hacia afuera, con otras personas, sino que el onanismo, la masturbación.

En algunas entrevistas has dicho que dentro de la Iglesia hay una regla: “coge, pero no lo digas”.

Es la sagrada ley. No es pecado mientras no se sepa, aquí, en esta viejísima jerarquía católica lo que yo haga mal no es lo que se haga, porque mira hay cosas muy graves, como desfalcos, como auténticos robos en el plano económico que se hacen y eso sí es grave, pero hasta que no se sepa no pasa nada.
  
Si existe esta doble moral ¿por qué cuando la Iglesia le habla a sus fieles sobre sexo lo hace sólo para reprimir?

Decía Oscar Wilde- a mi modo de ver con mucha razón- que quien controla la sexualidad controla la totalidad de la persona. Si tú controlas la sexualidad en miles de creyentes, tienes agarrada su vida por las pelotas. Ese es el ejercicio supremo del poder.

CURA GAY

¿Cómo viviste tu homosexualidad mientras eras cura?

No tuve relaciones sexuales, y el ser un lector enamorado de la Biblia propició que yo viviera mi orientación desde siempre con absoluta naturalidad. Te la resumo así: si yo creo que Dios es creador y modelo, como dicen los salmos, personalmente, a cada corazón, a cada ser, a una persona gay la ha modelado como tal y el creador la ha creado gay y quiere que sea gay. Es decir, siempre lo he vivido con naturalidad, pero he conocido gente muy atormentada. Una vez apareció en el confesionario un muchacho joven que traía una cara de convento increíble y me dice “soy un monstruo porque tengo relaciones homosexuales con otros hombres”. Yo le dije: “mírame a los ojos, ¿me ves cara de monstruo? y el chico muy asustado dijo “no”, “ah bueno”, le dije, “pues yo también soy gay y no pasa absolutamente nada”.

Le dijiste…

Siempre lo decía cuando pasaba algo así. Pues, oye, que no te vas a quedar callado permitiendo que la persona sufra si puedes liberarla. Y sobre todo cuando uno como sacerdote estaba convencido que tenía una misión liberadora; de demostrar el amor misericordioso de Dios y que Dios es padre y no un dictador.

El 2002, finalmente, decides contar tu homosexualidad en la revista Zero donde apareces en la portada diciendo “Doy gracias a Dios por ser gay”… ¿Cómo te decidiste a hacerlo?

Llegó, gradualmente. Yo, en junio de 2001, en la revista cultural católica donde colaboraba escribí mi columna mensual titulada “Orgullo Gay” y quien leyera el artículo, entendía el mensaje. Es como el refrán andaluz que dice “blanca y en botella que es la leche”… Me llamaron de la revista Zero para entrevistarme y acepté, porque encontré que era el momento para dar un paso al frente como sacerdote por mis hermanos gays y lesbianas, que estaban siendo vilmente oprimidos y reprimidos por la Iglesia. Aproveché ese trampolín para lanzar un mensaje religioso: decir que los homosexuales no somos máquinas incestuosas, ni el ser gay es un pecado. El titular lo resume: “Doy gracias a Dios por ser gay”. Eso quería que calara.
  
¿En la Iglesia sabían de tu homosexualidad?

Había compañeros que sabían al igual que yo sabía de la suya. Y otros para los que resultó sorpresivo. Yo sufría por la homofobia que veía en la doctrina y la documentación de la jerarquía católica, pero no ocultaba nada, simplemente, no iba por ahí diciendo soy gay. Sólo lo hice cuando tuve los elementos de juicio que me hicieron decir “basta”. Porque una salida del armario es alzar la voz y cuando lo haces es porque necesitas ser oído.

¿Qué pasó en España con tu confesión?

Ocurrió de todo. El hecho que se publicara la entrevista el 1 de febrero de 2002, que fue meramente por motivos de agenda de la revista, molestó al obispo misionero español Gea Escolano. Para este señor, muy franquista por lo demás, la revista había hecho coincidir la fecha de la entrevista con la jornada eclesial de la vida consagrada. No le pareció bien y a otro obispo que fue a hablar con el entonces presidente José María Aznar para decirle que parara lo que estaba ocurriendo, tampoco. Y claro, en esta España de charanga y pandereta, hubo mucho morbo. Particularmente, porque a los españoles les dan muchísimo morbo los temas de bragueta y si encima es la bragueta de una sotana, pues figúrate.

¿Cuáles fueron las razones de tu suspensión?

Ni siquiera me enteré por mi obispo, me enteré por un teletipo que le llegó a unos amigos periodistas y el motivo de la suspensión, según lo que decía ahí, era la ruptura del celibato, el incumplimiento de obligaciones ministeriales. Y bueno, era previsible.

¿Nunca reconocieron que te suspendían por decir que eras gay?

No, y no pueden decirlo porque hoy prima la hipocresía.

Tu caso es histórico. Eres el único sacerdote católico que en ejercicio ha reconocido su homosexualidad.
Pues fíjate que así es la vida, pero estuvo a punto de decirlo un sacerdote, que habló conmigo el 2002, que era de Bilbao. Él quería decirlo en una conferencia que yo daba en Bilbao, pero minutos antes el hombre me telefoneó porque había hablado con su vicario general, diciéndole lo que iba a hacer y este lo había amenazado dejándolo esa misma noche sin techo bajo el que dormir. Para que veas que los obispos dan un golpe de estado cuando hace falta.

¿Hay más sacerdotes homosexuales en la Iglesia?

Muchos y entre los miembros del clero, especialmente, el porcentaje es bastante alto y en casos con el conocimiento de sus obispos, con lo cual el gay en la Iglesia que está oculto, está controlado. Los arzobispos son de la idea de “cuidado, no te desbandes porque te puedo echar a la calle en algún momento”.

Esta semana el jesuita chileno Fernando Montes dijo en La Tercera que “no hay incompatibilidad entre ser sacerdote y homosexual” siempre que se cumplan los compromisos. ¿Concuerdas?

Lo que dice este jesuita está muy bien sobre el papel, pero no podemos olvidar que eso lo ha dicho una personalidad de una Iglesia Católica que está profundamente enferma de homofobia. Y la homofobia es una enfermedad mental, como el racismo. Resulta bastante increíble porque realmente lo que le molesta a la jerarquía católica es que seas homosexual. Sin embargo, que se reabra el debate es una señal positiva de esta crisis, pues se dice que un enfermo está en crisis cuando se puede sanar o morir. Ahora, la crisis también engendra un lado oscuro, que es cuando la Iglesia se encierra sobre sí misma y empieza a lanzar balacera…

Como las declaraciones de Tarcisio Bertone acá en Santiago, ¿Qué te pareció que vinculara pedofilia con homosexualidad?

Me resulta extraño que llegue a Secretario de Estado del Vaticano una persona como Bertone, que no sepa que está estadística y médicamente demostrado que la pedofilia y la pederastia son mayoritariamente heterosexuales. A Bertone le han dicho que el celibato propicia la pedofilia y como le ha dolido, ha tirado el balón fuera diciendo “no, no, es la homosexualidad”.

PESCADORES AVISPADOS

¿Por qué hay pedofilia en la Iglesia?

Es que en la Iglesia están todas las posibilidades del mundo. Imagínate un internado de niñas, de niños; una catequesis a cargo de unas cuantas monjas y sacerdotes donde hay una confianza tremenda hacia ellos. Aquél es el caldo de cultivo para que alguien pueda delinquir además con bastantes probabilidades de impunidad. Porque está el secreto de confesión y la amenaza velada de las penas del infierno; entonces se dan muchísimas condiciones. Hay un lago lleno de peces y unos cuantos pescadores avispados.

Me decías que te enteraste por Internet del caso de Fernando Karadima.

Bueno, el caso de Karadima no es más que la hipocresía llevada a un extremo local, donde a ustedes les toca más de cerca, obviamente. Es como si mañana en España nos contaran que tenemos nuestro Marcial Maciel. Es un caso escandaloso, triste, que no debiera suceder, pero sucede.
En el caso de Karadima hay obispos que han reconocido los testimonios de las víctimas, pero los fieles siguen incrédulos, defendiendo al sacerdote a pies juntillas.
Es que es muy difícil creer algo así. Imagínate, que al alemán de base le costó mucho creer en el holocausto y creer en la existencia de los campos de la muerte, porque hay una suerte de defensa que monta nuestra mente. Es así. Yo todavía no entiendo cómo un ser humano puede matar a otro. Es increíble y, sin embargo, sucede tantas veces. Y el abuso es un asesinato moral porque destroza a la persona para toda su vida.

Las víctimas de abusos sexuales por parte de sacerdotes en su mayoría relatan que estos sacerdotes eran sus guías espirituales. En ese sentido, ¿cuánto poder tienen los sacerdotes sobre la gente?

A mí todavía me cuesta articular los motivos, pero, ciertamente, es un poder omnívoro. Imagínate que en un pueblo de la Andalucía occidental te encuentras con 5 mil habitantes donde lo que dice el párroco es, prácticamente, palabra de Dios. Se ha divinizado al representante eclesiástico y recuerdo que me costaba verdadero trabajo conseguir que alguna persona me tuteara. Y yo estaba horrorizado sobre todo cuando se quitaban el sombrero al pasar. La palabra del sacerdote tiene un peso que si se usara siempre para el bien, sería fantástico.
  
¿Le crees a Ratzinger cuando pide perdón por los abusos?

No, no me creo nada. El perdón hay que pedirlo directamente a la víctima y desde luego no en una pose mediática. Porque showmen sabemos hacerlo todo. Me parece una pose. Y desde Pío XII tenemos papas clown, qué le vamos a hacer. Un día el Papa, seguramente, pedirá perdón por la tortura sicológica a la que ha sometido a los gays y las lesbianas, y bueno ¿de que servirá? Tan obsesivo es el pensamiento de Ratzinger sobre la homosexualidad que muchas veces he pensado que se trata de un gay muy reprimido, que vive su orientación sexual con dramatismo y tormento. De ahí que su psique no sea sana ni equilibrada, se le nota en la mirada, que se parece a la de Josef Mengele (el ángel de la muerte) cuando acariciaba niños judíos y luego los llevaba a las cámaras de gas.
  
¿La Iglesia está en una de sus peores crisis?

La Iglesia como institución, como máquina, está atravesando una grave crisis. Porque se está cuestionando los fundamentos mismos de la maquinaria. Pero a mí siempre me reconfortan las palabras, precisamente, de un chileno: Salvador Allende que, momentos antes que le reventaran la cabeza, dijo “sigan ustedes sabiendo, que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas, por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor” y eso pasará en la Iglesia, caerá lo caduco, llámese jerarquía, llámese pericos de los palotes y permanecerá lo que realmente sea esencial o connatural al ser humano.
  
¿Es importante que la Iglesia sobreviva?

Para nada, lo que tiene que sobrevivir es la humanidad. Ya lo dice el Concilio del Vaticano II: la Iglesia no es un fin sino un medio. Y al verdadero creyente no tiene que preocuparle que la Iglesia se hunda, o que desaparezca. Porque lo que importa es lo que está en función de la plenitud humana y si Iglesia ayuda a conseguir aquello, pues bievenida sea, pero si es obstáculo, o sencillamente ya ha cumplido su función, pues tiene que desaparecer.
  
¿Te costó mucho rehacer tu vida fuera de la Iglesia?

Hombre, cuando tú en España estás fuera de la Iglesia, de algún modo el resto de la sociedad, aunque no sean creyentes, considera que has roto las reglas del juego, entonces, te ponen zancadillas de todo tipo. Cuesta, pero no es imposible.

¿Sigues siendo católico?

No puedo, si lo fuera me consideraría cómplice de un sistema que esclaviza a mis hermanos y hermanas con mi misma orientación sexual. Entonces, tengo mis creencias y aunque no me considere estrictamente católico, mis creencias vivirán conmigo, probablemente, hasta el día de mi muerte. Lo que no tengo son dogmas. No es bueno tener dogmas que asfixien el pensamiento y la vida.