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* MARIO ALONSO PUIG: "LA FELICIDAD ES DESCUBRIR EN LA VIDA EL SENTIDO DE NUESTRA EXISTENCIA" *

MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

viernes

«Al principio piensas: ¿es mi culpa o su culpa?»

DEMETRIO REIGADA - LA VOZ DE AVILÉS

Hay historias cuyo relato puede permitir a otros reflexionar. Esto es lo que pensé cuando me entrevisté con Juan, un joven de treinta y ocho años, que hace poco más de un año, descubrió que era VIH positivo. Para aquellos, que, como yo, vivieron en los años ochenta con el terror de esta enfermedad, que se vendió inicialmente como una maldición divina que sólo afectaba a los hombres homosexuales y prostitutas, su historia encierra una valiosa lección que rompe, debido a su optimismo y a su inteligencia, todas las barreras, y que de alguna manera nos hace reflexionar sobre la importancia de la esperanza. La realidad es ésta, por desgracia, la sociedad no habla mucho del VIH. Instituciones, frecuentemente con domicilio social en la iglesia, no ven bien el promover una educación sexual adecuada en las escuelas, ni el uso del preservativo. Mientras, la pandemia del SIDA continúa registrando índices preocupantes y las personas que viven con el VIH, con demasiada frecuencia, son objeto de discriminación. Y es precisamente el temor a ser discriminado y visto como un «apestado» lo que impulsa a muchas personas que contraen el virus a ocultarlo de alguna manera. Ahora sabemos que el VIH no discrimina por motivos de raza, género, religión u orientación sexual. Es una enfermedad que afecta a toda la sociedad y que podría llegar -por desgracia, por la falta de atención o por la estupidez- también a nuestras vidas, tal como el virus entró en la vida de Juan, un día como muchos otros, sin previo aviso, dispuesto a redimensionar su vida y costumbres para recordarle su presencia diaria. La historia de Juan bien podría ser la historia de millones de personas y a nadie le debería preocupar el hecho de que él sea homosexual. Como he dicho, a este virus, al igual que cualquier otra enfermedad, no le importa la cuestión de la orientación sexual; de hecho, según los datos más recientes, parece que la mayoría de las personas con VIH son heterosexuales y, por desgracia, la mayoría mujeres. Cuando empecé a hablar con Juan, enseguida me di cuenta de que estaba escuchando a un tipo claro y optimista, una persona que tiene su propia vida cotidiana y que ha tratado de no cambiar sus hábitos. Pero, sobre todo, me encontré con una persona que, después de enterarse de que era positivo en VIH, reclamó respeto para los enfermos y para quienes les rodean y decidió no aceptar en absoluto la idea de que una enfermedad pudiera, de alguna manera, empujarle a una esquina que le excluyera de la sociedad. Como ya he dicho su historia se asemeja a la de muchas otras personas. Juan se graduó, tiene un trabajo, ahora es soltero y vive solo, tiene amigos, intereses y pasiones. Un día conoció a un tipo que hizo que se sintiera bien, tal vez fue el amor o tal vez no, no importa, pero era una persona con la que había establecido una relación especial.

-Juan, ¿qué fue lo primero que piensas al enterarte de que eres VIH positivo?

-Depende. Al tener conocimiento de ser VIH positivo, no sientes lo mismo cuando estás delante del médico con los resultados del análisis en la mano que cuando la persona con la que has estado te comunica que se había hecho la prueba del VIH y que ésta había dado positivo. A la luz de nuestro comportamiento sexual -estúpidamente sin protección- habría sido insensato por mi parte pensar que mi situación iba a ser diferente a la suya. En esos momentos son tantas las cosas que pasan por tu cabeza. En un principio, tendemos a pensar «¿Quién tiene la culpa? ¿Cómo y cuándo sucedió esto? ¿Es mi culpa o su culpa? ¿He confiado en la persona equivocada?...» como intentando señalar con el dedo a alguien, encontrar un culpable, para hacerte sentir bien o para resolver el problema. Pero pronto te das cuenta de que buscar culpables en terceros no sirve para nada y no te da ningún consuelo. Inmediatamente después, piensas en tu familia, cómo y cuándo decirlo. En mi caso no tuve ninguna duda. Mi madre aún estaba pasando por un período de recuperación después de algunos problemas de salud y no quería aumentar la preocupación y la ansiedad del momento. El dolor de una historia así, acentuado por una cierta «ignorancia» sobre el tema, sería demasiado grande para ella y no habría entendido la situación. Por desgracia, es difícil tener un diálogo con la gente de cierta edad, que siempre han vivido en la realidad de las pequeñas ciudades de provincia, donde los homosexuales son 'maricones', 'raritos', 'bujarrones' o cualquier otro calificativo vulgar y donde se les identifica con los estereotipos que la televisión de hoy proporciona. Es difícil porque son gentes sin una preparación que aún tontamente creen que el SIDA es una enfermedad de hombres homosexuales y adictos a las drogas.

-¿Has hablado con alguien sobre lo que te pasó? Si es así, ¿cómo fue la reacción de la gente a la que se lo has contado?

-Sí, se lo había contado una vez a mi mejor amigo, incluso antes de tener el resultado final del análisis de sangre, y más tarde a otros dos amigos y luego a un compañero de trabajo. Su reacción fue de afecto, apoyo y estímulo para no decaer y mirar con optimismo para el futuro. Pero lo más importante fue su actitud hacia mí que, de ninguna manera, ha cambiado, porque estas personas son de la clase de gente inteligente en la que sabía que podía confiar.

-¿Ha cambiado la forma de relacionarte con los demás en la amistad, el sexo, el amor?

-No, ni en las amistades ni en el sexo. Soy soltero y, como muchos gays solteros, y no solo solteros, tengo relaciones sexuales ocasionales, por supuesto con cuidado y usando las debidas protecciones. Desde este punto de vista nada ha cambiado. En cuanto al amor sin embargo, es un asunto diferente. Desde que descubrí que soy positivo en VIH no he tenido la oportunidad de enamorarme y, honestamente, me asusta un poco. Sería mucho más fácil comprometerme con una persona en mi propia situación para evitar tener que confesar a mi pareja mi estado de salud y afrontar el riesgo de ser rechazado o quién sabe qué otra reacción. Pero no quiero que el hecho de ser VIH positivo sea el único elemento esencial para una conveniencia, para unirme a otra persona.

-¿Cuáles son los principales cambios en tu vida diaria?

-Los primeros días, desde el punto de vista psicológico, me encontraba incómodo entre la gente, en el autobús de la mañana para ir a la oficina, en el local con los amigos, aunque lo trataba de disimular muy bien. La primera vez me sentí como un «infectado», uno diferente (como positivo en VIH) entre los diferentes (como gay). Tuve la sensación de ser observado. Afortunadamente, gracias a mi personalidad optimista, esta etapa no duró mucho tiempo y la molestia ya ha pasado. En cuanto al día a día, para mí no ha cambiado nada, salvo el hecho de estar en terapia y tomar medicamentos todos los días.

-¿Crees que se está haciendo lo suficiente para contrarrestar y / o informar a la población sobre las enfermedades de transmisión sexual?

-Creo que sí. El problema es que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Esa información está ahí, pero el problema es otro. Más allá de una cierta ingenuidad/ignorancia de los que piensan que ciertas cosas suceden sólo a los demás o son cosas que se ven en la televisión, cuando se trata de sexo, no estamos dispuestos a comprometernos más que en la búsqueda del propio placer y el uso de los condones para muchos es un obstáculo en la consecución de ese objetivo.

-En general ¿crees que la sociedad sigue discriminando a las personas con VIH?

-Sí. Hace no mucho tiempo estuve hablando con una amiga y colega en el trabajo y le he contado lo mío. En el mismo año que ella se enfrentó con un ciclo de quimioterapia y radioterapia después de la extirpación de un cáncer de mama. Su experiencia ha influido en mí, porque, mirando a su fortaleza y su optimismo ante los cambios en su cuerpo y su debilidad física (afortunadamente temporal) como resultado del tratamiento, se ha incrementado en mí el optimismo. Pero la conclusión que ha resultado de nuestras dos experiencias es que las enfermedades como el cáncer despiertan en las personas un sentimiento de lástima y compasión por los afectados, mientras que la persona VIH positivo, ya es considerada por la mayoría de la gente como un leproso, algo de lo que defenderse y alejarse.