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domingo

ADIÓS, MUCHACHO

EDUARDO MENDICUTTI - EL MUNDO
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Ha muerto Leopoldo Alas. Tan joven, tan bullicioso, tan listo, con tanta vida como tenía por delante y con tanto todavía por escribir, por contar, por defender, por pelear. Y por reír. No es justo. No es fácil, no es posible despedirse de alguien como él. Qué horrible suena: «Adiós, Leopoldo». En todo caso, un adiós como el del maestro encarnado por Gaspard Manesse en Au revoir les enfants, la película de Louis Malle, cuando se despide de sus jovencísimos alumnos en el momento de ser detenido por la Gestapo, y camino ya de un campo de concentración y de la muerte; un adiós como aquél, ya digo, pero en sentido contrario. Quienes nunca fuimos tan jóvenes como Leopoldo, durante tanto tiempo, tenemos de pronto que despedirnos de él. Pero es un adiós imposible: el recuerdo de Leopoldo quedará tan incrustado en nuestra memoria como el recuerdo de aquel profesor en la memoria, tan viva, de aquel chico, en la película de Malle. Tenía sólo 45 años y seguía conservando algo de adolescente revoltoso y lleno de curiosidad, con un instinto y una habilidad increíbles para lo más nuevo, con esa ironía destrozona de los chicos espabilados y nada dados a las componendas, con esa pasión impulsiva que le hacía entusiasmarse con cuanto suponía para él un descubrimiento feliz, e indignarse con todo lo que le parecía injusto, falso, equivocado y, sobre todo, hipócrita. Los lectores de EL MUNDO han tenido muchas oportunidades de comprobar la brillante contundencia con que era capaz de despacharse contra todo bicho viviente, si consideraba que debía hacerlo para defender lo que para él era justo y decente. Incluso sus mejores amigos, o gente a la que admiraba, recibieron en ocasiones sus encendidos manotazos dialécticos o escritos. A mí mismo me tocó alguna vez aguantar el chaparrón. Pero igual de impulsivo era para soltar mandobles que para pedir disculpas, perdonar, hacer las paces, bromear sobre los encontronazos, olvidar. Tres cosas fueron siempre prioritarias para Leopoldo: la amistad, la defensa de la causa gay y su dedicación literaria. Escribió poemas gozosos y poemas muy dolientes; novelas rebosantes de agilidad e imaginación; artículos inquietos y afilados; ensayos perspicaces y divertidos. Peleó por los derechos de los homosexuales como el que más. En esto fue siempre franco, implacable, cálido, atrevido, ejemplar. Todos los gays estamos en deuda con él. Y en la amistad era único. Nunca he conocido a nadie con tantos amigos tan variopintos como él tenía, y cuya amistad alimentaba y jaleaba tanto. Ahora, sus amigos lo tenemos difícil para decirle adiós. Casi preferimos oírle decir a él, con esa cordialidad guasona, tan suya: «Adiós, muchachos...». Sabemos que él, allá donde esté, tampoco nos olvidará.