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* IMPRESCINDIBLE BENEDETTI *

* MARIO ALONSO PUIG: "LA FELICIDAD ES DESCUBRIR EN LA VIDA EL SENTIDO DE NUESTRA EXISTENCIA" *

MEDITACIÓN Y RELAJACIÓN

jueves

SOLEDAD SIEMPRE SOLA

JOSÉ LUIS SERRANO - LA TABERNA DEL MAR
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Soledad vive sola, en un apartamento en tercera línea de playa, en una de esas ciudades levantinas llenas de jubilados en invierno y escandalosos jóvenes en verano. Lleva allí quince años, desde que se prejubiló a los cincuenta y supo que necesitaba irse al mar. A la mar más bien, porque Soledad sabe que la mar es una hembra. Por eso desayuna en la arena, un plátano y una naranja; luego cierra los ojos y, desnuda, antes de que pase la primera pareja de policías urbanos, se sienta en la orilla y deja que la mar acaricie con la espuma blanca su piel, que siempre ha sido tersa y traslúcida. Soledad siempre ha estado sola, al menos por la noche, porque algunas mujeres han estado con ella en preciosos y frágiles momentos, en contados días de indescriptible pureza: Marta, casada con tres hijos, que estuvo viniendo un fin de semana al año durante tres veranos. Ingrid, o como se llamara aquella escultural noruega a la que nunca entendió (ni siquiera cuando se despidieron en el aeropuerto supo si pretendía que se fuera con ella a Bergen). Sonia, rapada y con pendientes por todo el cuerpo, brutalmente bella, apareciendo y desapareciendo como un animalillo inquieto. Soledad pasa todo el día fuera, deambulando por la orilla, quizá regocijándose en la tragedia de su vida perdida. Robada más bien. Insultada desde los ocho años con palabras que ni siquiera entendía. Maltratada con electrochoque, expulsada de su casa. Viendo como ahora las chicas llevan orgullosas camisetas que lucen la palabra que para ella fue un estigma. Porque cuando le dijeron que padecía lesbianismo supo que moriría de eso. Lo trágico fue que al cabo de unos años supo que lo suyo no tenía cura porque no era una enfermedad. Supo que le habían robado la vida. Soledad se sienta en una terraza al sol, incluso ahora que es invierno, y come junto a un matrimonio inglés con tres deliciosos niños rubios. Y sabe que si hubiera nacido solo veinte años más tarde ahora tendría mujer e hijos, y quizá estaría esperando el primer nieto. Luego toma un café y se dirige de nuevo hacia la orilla, porque es el peor momento del día. Acaricia de nuevo la idea de fundirse con su amante la mar de una vez para siempre, pero cada día es más vieja y está más cansada, y además sabe que nadie irá a ponerle flores en la tumba. Así que se sienta de nuevo en la orilla y duerme la siesta, hasta que algún chaval la despierta con sus gritos ahora que ya han salido del colegio (del único colegio de esta ciudad de veraneantes) y juegan a la pelota junto a ella, poniéndola perdida de arena. Hacia las siete, con el sol a punto de desaparecer, Soledad vuelve hacia su apartamento en la tercera línea, con una diminuta terraza que ni siquiera da al mar, y se queda dormida delante de la tele, como todas las noches. Siempre sola.